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Los trascendentales (1º Parte)

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LOS ASPECTOS TRASCENDENTALES DEL ENTE[1]

“El ente en cuanto ente es un maná poco sabroso

 para los espíritus que añoran las cebollas de la experiencia”

(J.Maritain, Los grados del saber, p. 341)

Santo Tomás de Aquino, De veritate, q.1, a.1

 

En las demostraciones, es preciso reducir  los datos conocidos a algunos principios que, por sí mismos, sean manifiestos al entendimiento. Lo mismo sucede cuando se investiga qué es una cosa. Si así no se hiciera, en los dos casos se procedería hasta el infinito, con el resultado de que moriría totalmente la ciencia y el conocimiento de la realidad.

Aquello que primero concibe la inteligencia como algo conocidísimo y en lo cual se resuelven los demás conocimientos es el ente, como dice Avicena en el principio de su Metafísica (libro I, cap. 9). De lo  cual se induce que todas las demás concepciones del entendimiento se obtienen añadiendo algo al ente (ex additione ad ens). Pero al ente no puede añadírsele nada que sea de una naturaleza distinta; no se le puede añadir nada al modo como la diferencia se añade al género (al género animal, por ejemplo, la diferencia racional) o como se añade el accidente a la substancia (el accidente blanco a la substancia hombre). ¿Por qué? Porque toda naturaleza es esencialmente ente. Por eso el Filósofo (Aristóteles) prueba (en III Metaph.) que el ente no puede ser un género. Algo se añade al ente en cuanto expresa un modo del mismo ente, un modo que en el nombre de ente no está directamente expresado.

Esto sucede de dos maneras:

a)      que el modo expresado sea un especial modo del ente; en efecto, hay diversos grados de entidad según se atienda a los diversos modos de ser, y según esto se obtienen los diversos géneros de cosas. (Son los predicamentos o modos de ser: la substancia y los accidentes.) La substancia, por ejemplo, no añade al ente nada diferente que signifique otro tipo de naturaleza distinta del ente; el nombre de substancia indica sólo un modo especial de ser, es decir, el ente que es por sí; y lo mismo ocurre en los demás géneros (predicamentos);

b)      el modo expresado es un modo que de forma general sigue a todo ente; y esto puede realizarse de dos maneras:

b’)   según se refiera a todo ente en sí;

b’’)  según se refiera al ente en relación a otro

c)      (analicemos la situación de b') se trata de un modo que expresa, en el ente, algo afirmativamente o negativamente. No se encuentra nada que pueda ser dicho afirmativamente -que pueda afirmarse de forma absoluta- del ente, como no sea su esencia, según la cual es, y de aquí que lo más que puede decirse afirmativamente de todo ente es que es cosa (res); la diferencia entre ente y res –según Avicena- es que ente viene de actus essendi (ente es lo que tiene el acto de ser como viviente, es lo que tiene el acto de vivir); res hace, en cambio, referencia a la esencia, al quid est, a la quidditas. Negativamente: la negación que es consecuente a todo ente tomada en forma absoluta es la indivisión (no división); y eso se expresa con el nombre de unum: nada es más uno que el ente indiviso;

d)      (analicemos la situación de b') si el modo del ente se toma en relación al otro, puede ser, a su vez, en dos modos:

-        atendiendo a la división -o separación- del uno respecto al otro; y esto se expresa con el nombre de algo. (No entendido como oposición a nada, sino en comparación a otro ente.) Así como llamamos unum al ente en cuanto indiviso, llamamos algo al ente en cuanto separado, distinto de los demás;

-        atendiendo a la conveniencia de un ente a otro; ¿qué podrá ser este otro si ente es lo más general y lo más común? No puede ser sino algo que, de por sí, convenga a todo ente. Y eso es el alma, el espíritu, que es de algún modo todas las cosas (quodammodo est omnia), como se dice en III de Anima (Aristóteles). En el alma hay una virtud cognoscitiva y una virtud apetitiva. La conveniencia del ente al apetito se expresa con el nombre de bonum (bien), como se dice en el principio de la Etica (Aristóteles): bien es lo que todos apetecen. La conveniencia del ente con el entendimiento se expresa con el nombre de verum."

(Trad. R. Gómez Pérez)

Después de haber estudiado los principios constitutivos de los entes en cuanto tales, sus distintos niveles de composición y su estructura interna, no queda agotada la Metafísica. Resta al menos por considerar algunos aspectos derivados de modo necesario del ente, que son sus propiedades trascendentales: unidad, verdad, bondad y belleza; características que acompañan a cualquier ente en la misma medida en que es -al Creador y a las criaturas, a la sustancia y a los accidentes, al acto y a la potencia...- y que por eso merecen un puesto de honor dentro de la Metafísica.

Históricamente el tema de los trascendentales se configura en el ámbito de la filosofía escolástica en los inicios del siglo XIII. El primer tratamiento explícito se encuentra en la Summa de bono (1236) de Felipe el Canciller. La elaboración filosófica más acabada parece ser obra propia de Santo Tomás de Aquino. Ciertamente, Aristóteles al tratar de la unidad subrayó perfectamente su identidad metafísica con el ente. En el corpus aristotelicum queda también clara la trascendentalidad del verum y del bonum, aunque no  esté tan explícitamente formulada. Lo que falta es un tratamiento sistemático del tema.

1. LAS NOCIONES TRASCENDENTALES Y LOS PREDICAMENTOS

A nuestro alrededor observamos una gran variedad de cosas: árboles, casas, libros, hombres. A primera vista, bastantes de ellas tienen poca relación entre sí; y, sin embargo, todas ellas poseen algo en común: todas esas cosas «son» de un modo u otro, todas son entes.

Como ya es sabido, la entidad de un objeto (el ser algo real) es lo primero que captamos al conocerlo. El ente es la primera realidad entendida por la inteligencia, aquello en lo que se resuelven los demás conocimientos: «Lo primero que concibe el entendimiento, como lo más conocido, y en lo que resuelve todos sus demás conceptos, es el ente (...) Por eso, es necesario que todos los demás conceptos del entendimiento se tomen por adición al ente»[2].

Sin necesidad de formular explícitamente el concepto de ente cada vez que conocemos, percibimos cualquier realidad como algo que se refiere al ente: el hombre, el caballo, las plantas son modos de ser determinados, tipos de entes; la esencia y el acto de ser, la blancura, el tamaño y las restantes modificaciones de las sustancias, son principios constitutivos de los entes,- los padres, en cuanto padres, causas de nuevos entes; los hijos, efecto de entes anteriores. Y así todo. Todo lo que nos rodea, o es un ente, o un aspecto o propiedad suya.

Por eso, la noción de ente se halla incluida en todos nuestros conocimientos, de modo similar a como la idea de vida ilumina todas las nociones del biólogo. No podemos conocer ninguna perfección que sea ajena al ente, pues fuera de él sólo hay lugar para la nada. Sin embargo, el hombre no agota en una sola noción la riquísima variedad de las cosas; no basta con decir «ser», sino que es preciso delimitar algo más: ser hombre, ser caballo, ser bueno, etc. Nuestro progreso en el conocimiento de la realidad consistirá en ir determinando, con el auxilio de la experiencia, las diversas clases de entes, y en ir haciendo explícitas las características y propiedades de éste, de aquél o de todos los entes en general.

Por otra parte, «nada puede añadirse al ente, como algo extraño a su naturaleza, como una diferencia se añade al género, o el accidente al sujeto, porque cualquier naturaleza es esencialmente ente»[3]. De ahí que las demás nociones no signifiquen algo ajeno al ente, sino un modo especial suyo o una propiedad; algo que la noción humana de ente no señala de modo explícito. El leopardo, por ejemplo, es un ente, una especie de ente; pero al pronunciar esa palabra aludimos a algo que nuestra concepción de ente no incluía de forma expresa; y lo mismo ocurre cuando decimos que una cosa es buena, verdadera, hermosa, etc.

Ese avance en nuestro conocimiento del ente puede hacerse de dos modos:

a) Las nociones predicamentales son las que expresan un modo particular de ser: ser en sí (sustancia), o en otro (accidentes); ser grande o pequeño (cantidad), rubio o moreno (cualidad), etc. Por eso, mientras ente puede predicarse de todo lo que es, las nociones predicamentales se refieren sólo a un género de cosas, con exclusión de otras que también son entes. Designan «un modo especial del ente, pues existen diversos grados de entidad, según los cuales se toman los diversos modos de ser; y según estos modos de ser se enuncian los diferentes géneros de las cosas: la sustancia por ejemplo, no añade al ente alguna diferencia nueva respecto al carácter de ser del ente (la sustancia también es, es ente), sino que expresa un especial modo de ser: el ente por sí (per se); y así sucede en los demás géneros»[4].

Se trata, pues, de todas las nociones que significan alguna esencia de las cosas (hombre, león, caballo, blancura, etc.). Como es obvio, no son lo mismo que «ente», sino «modos de ser» que se excluyen de manera recíproca: lo que es sustancia no es accidente; la cantidad no es cualidad, ni relación, ni alguna otra de las propiedades accidentales. Estos conceptos pueden llamarse predicamentales, porque se encuadran en los predicamentos o categorías, que son los géneros supremos en los que se divide la realidad creada.

b) Los conceptos trascendentales son los que designan aspectos que pertenecen al ente en cuanto tal: estas nociones expresan un modo que se sigue del ente en general, algo que conviene a todas las cosas (no únicamente a la sustancia, o a la cualidad, etc.): la bondad, la belleza, la unidad -que, como veremos, constituyen algunos de los trascendentales- se predican de todo aquello a lo que se puede aplicar el calificativo de ente: tiene la misma amplitud universal que esta noción. Por eso se llaman trascendentales: porque trascienden el ámbito de los predicamentos; por ejemplo, el bien no se restringe sólo a la sustancia, sino que se encuentra en todos los demás géneros (las cualidades, la cantidad, las acciones, etc., en cuanto que son, son buenas)[5].

2. DEDUCCIÓN METAFÍSICA DE LOS TPASCENDENTALES

¿Cuántas y cuáles son esas nociones trascendentales? ¿Qué es lo que se puede predicar de todo ente en cuanto tal?

A) Considerado en sí mismo, sin compararlo ni ponerlo en relación con ningún otro, se puede decir de cualquier ente que es una cosa y que es uno.

a') De modo positivo, sin hacer negaciones, advertimos que lo único que conviene a todo lo que existe es tener una esencia, por la que es de un modo u otro. Es algo que necesariamente compete a toda realidad creada. El ente sin más, en abstracto, no se da; hay diamantes, árboles, jilgueros, hombres, cada uno con un modo de ser específico, resultado de su esencia. Esa contracción de todo ente a un modo determinado de ser es lo que en metafísica se significa técnicamente con el término res («cosa»). «Cosa» y ente no gozan de una sinonimia perfecta, pues mientras «el nombre de ente se toma del acto de ser, el de res se refiere a la quididad o esencia del ente»[6], su restricción a un grado y modo de ser específicos y concretos.

a") Negativamente, rechazando la división interior, corresponde a todo ente la unidad. Cualquier cosa es unum, goza de una cierta unidad; y si la pierde, dividiéndose, deja entonces de ser ese ente, originando otros.

B) Considerado en relación con otros, podemos advertir en cualquier ente dos atributos opuestos: su distinción respecto a los demás, y la conveniencia entre unas cosas y otras.

b') Atendiendo a la distinción de los entes entre sí, afirmamos que cada uno de ellos es «algo» (aliquid). Al ver que hay una multiplicidad de entes, entendemos de modo inmediato que cada cosa difiere de las demás. Esa separación o división, manifestada en la distinción de unas cosas respecto de otras, da origen al trascendental que nos ocupa.

Algo en su sentido más técnico es aliud quid, «otro qué», otra naturaleza. En dependencia de las nociones de ente y unidad, acentúa, más que la indivisión del ente en sí mismo, su distinción y separación con respecto a los demás: este ente es otro en relación con aquél.

Algo como opuesto a la nada manifiesta que la entidad  es lo contradistinto de la nihilidad. Todo ente es, por así decirlo, una excepción a la nada (no de un modo real, porque para ello sería necesario que el puro no-ser fuese real también; sino de una manera meramente lógica)[7]

b") La conveniencia de un ente con todas las demás cosas sólo puede considerarse en relación a algo que pueda abarcar al ente en cuanto tal y, por eso, a todo ente: el alma intelectiva. El alma es «de algún modo todas las cosas» (quodammodo omnia), por la universalidad del objeto del entendimiento y de la voluntad; surgen de esta relación los tres últimos trascendentales: verum, bonum y pulchrum.

- En su conveniencia al intelecto, el ente es verdadero (verum), en el sentido de que el ente, y sólo él, puede ser objeto de una auténtica intelección.  El carácter de inteligible, de lo radicalmente abierto al entendimiento, es, por tanto una propiedad del ente.

- En su relación a la voluntad, todo ente se especifica como bueno (bonum),- esto es, como amable y capaz de mover al apetito voluntario hacia él. Se trata de la apetibilidad que todo ente, por el hecho de serlo, radicalmente tiene

- Finalmente, según la conveniencia del ente al alma mediante una cierta conjunción de conocimiento y de apetito, compete al ente la belleza o hermosura (pulchrum); es decir, causar un cierto placer cuando es aprehendido. La belleza suele definirse como lo que agrada al ser contemplado.

Tenemos así, además de la de ente, seis nociones trascendentales: «cosa» (res), «unidad» (unum), «algo» (aliquid), «verdad» (verum), «bondad» (bonum) y «belleza» (pulchrum). De éstas, hay cuatro más fundamentales, que se aplican propiamente tanto a Dios como a las criaturas: son la unidad, la verdad, la bondad y la belleza. En las páginas que siguen, trataremos principalmente de estos trascendentales.

«Cosa» y «algo» son trascendentales con respecto a los entes creados -se aplican a todos ellos-, pero propiamente no se predican de Dios:

a) «Cosa» (res) es un concepto trascendental: no se refiere a ninguna cosa determinada y, por lo mismo puede aplicarse, en general, a todas. Pero no es, si embargo, una propiedad del ente, porque no manifiesta ningún aspecto de él. No indica de una manera explícita ni más ni menos que lo que el concepto de ente. Indica sólo el nombre que le conviene atendiendo al otro principio constitutivo (esencia) de todo ente creado.

Por eso, en sentido estricto, la noción de res no puede aplicarse a Dios, que es el mismo Ser subsistente, no recibido en una esencia[8]. En las criaturas, sin embargo, el nombre res resalta, con mayor vigor que el de ente, la composición y limitación que la esencia produce en el acto de ser.

Por otra parte, cuando se dice cosa, se significa con frecuencia al supuesto no racional, distinto de la persona, y más propiamente la sustancia inanimada. La esencia humana exige por su propia naturaleza la actualización de todas sus potencialidades, por ello la persona nunca puede ser considerada como una “cosa” en el sentido de algo ya clausurado en su actualización. (ver mas adelante la oposición cosa-persona a partir de la oposición sujeto-objeto)

 

Además, la noción de res da lugar a la de realidad. La noción de realidad es abstracta, y se resuelve en el ente: algo es real porque es; de todos modos, a veces se utiliza el término real para indicar de modo explícito que un ente no es de razón, que es extramental, o para contraponerlo a lo aparente. En la metafísica de inspiración racionalista, el término realidad tiene un significado peculiar: real es lo fáctico, el orden existencial, que se opone a la «posibilidad», o a la «esencia». En su intento de justificar la necesidad y universalidad del conocimiento metafísico, centran toda la metafísica en el ámbito de la posibilidad lógica de las esencias, reduciendo el ente concreto a una mera posición extra causas (fuera de sus causas)[9].

 

b) En cierto sentido, aliquid podría apropiarse a Dios. En efecto, Dios es el Otro por excelencia, infinitamente superior y trascendente al mundo. Pero la aplicación de este término a Dios comporta el peligro de poner al hombre o al mundo como punto de referencia absoluto, haciendo de Dios algo relativo (pues Dios se diría otro con relación al universo).

La noción de aliquid más bien es propia del ser creatural, donde reina la multiplicidad mientras que la unidad, verdad, bondad y belleza son propiedades del ser, y a él se reducen: la graduación con que las, criaturas tienen esos aspectos obedece a los grados del ser participado, así como la plenitud de Verdad y Bondad divinas se siguen de la plenitud de su Ser.

 

3. RESOLUCION DE LAS PROPIEDADES TRASCENDENTALES EN EL ENTE

Los trascendentales como aspectos del ente.

Los trascendentales, ¿son realidades o nociones? Las dos cosas. En cuanto realidad, se identifican de modo absoluto con el ente: la unidad, la verdad, la bondad, etc., no son realidades distintas del ente, sino aspectos o propiedades del ser.

Son, por decir así, las «propiedades comunes» a todo ente. Del mismo modo que todos los individuos de una especie poseen, por pertenecer a ella, unas propiedades comunes (los hombres tienen entendimiento y voluntad, los leones son mamíferos, la nieve es blanca), todas las cosas, por el hecho de ser entes, son buenas y verdaderas, gozan de unidad, etc.

A este respecto conviene hacer dos precisiones. Por una parte, las «propiedades», en su acepción más técnica, dimanan de la esencia específica; en tanto que los trascendentales se siguen del acto de ser y por eso pueden atribuirse a todo lo que de alguna manera es. Además, las propiedades son accidentes: la blancura es algo que inhiere en todos los jazmines, y 1a voluntad un accidente propio de todos los hombres; los trascendentales, en cambio, no son accidentes, sino que se identifican con el mismo sujeto, como estamos viendo.

Por “propiedad” debe entenderse aquí todo aquello que no estando incluído en un concepto, se sigue de él de un modo necesario. Para manifestar o describir el ente por sus propiedades (aspectos consecutivos) es menester, por tanto, que haya algo que tenga estas dos condiciones:

1.     No hallarse incluido en el concepto de ente

2.     Ser una necesaria derivación suya.

Aunque todo está implícito en el concepto de ente, no todo se halla en él de manera explícita. Esto último basta para que puedan formarse otros conceptos distintos del de ente, como lo explícito se distingue de aquello en lo que implícita y confusamente está

Cuando decimos que el ente es bueno o uno no le añadimos nada real (una sustancia, una cualidad, una relación real); expresamos un aspecto que compete a todo ente por el hecho de serlo, por tener el ser: porque el ente es ente, es también bueno, uno, etc. Ente, bondad, verdad son realidades idénticas, cosa que suele manifestarse diciendo que ens et unum (et bonum, et verum ... ) convertuntur: que el ente, la unidad, etc., se convierten, son equivalentes.

Se manifiesta esta equivalencia en la predicación: podemos, por ejemplo, afirmar que «todo ente es bueno, uno, verdadero; pero no se nos ocurre sostener que «todo ente es animal, planta, etc.». Además, el ente y los demás trascendentales pueden intercambiar sus funciones como sujeto o predicado de una oración: tanto da decir «lo que es bueno, en la medida en que es bueno, es ente» como «cualquier ente, en la medida en que es ente, es bueno». Esa permutabilidad es un índice de la real identidad entre los trascendentales.

Trascendentales como nociones distintas a la de ente

Sin embargo, para nuestro conocimiento, las nociones trascendentales no son sinónimos del ente, pues manifiestan de modo explícito aspectos no significados por esa noción. Idénticos como realidades, son en cambio nociones distintas.

 

 Los trascendentales agregan a la noción de ente un nuevo matiz,  una perspectiva diversa del ente mismo, pero no desde un punto de vista real, sino según la razón: para nuestro modo de conocer. A la misma cosa, por tener ser, la llamamos ente; por ser cognoscible y amable, se denomina verdadera y buena; por su cohesión interior, decimos que tiene unidad, etc.

No es el único caso. En Dios, que es simplicísimo, todo se identifica: su Ser es su obrar; su Inteligencia y su Voluntad no son facultades distintas, sino el mismo Esse divino. Y sin embargo, al decir que Dios es Todopoderoso, Infinito o Inteligente, nuestras representaciones -aludiendo a una misma realidad- nos dan a conocer aspectos diversos de la riqueza inagotable de Dios. Otro ejemplo: cuando afirmamos que todo espíritu es inmortal, avanzamos en nuestro saber acerca de las sustancias espirituales; pero en realidad la inmortalidad de los espíritus no es algo distinto o añadido a su misma espiritualidad.

¿Qué añaden, pues, en nuestro conocimiento los distintos trascendentales?

1) «Unum» y «aliquid» añaden a la noción de ente una negación: la unidad niega la división interior de cada ente; y el aliquid, la identidad de una cosa con las demás. Y así, no agregan realmente nada, sino que manifiestan características que el ente tiene de suyo, como sucede cuando decimos «topo ciego», pues los topos no ven.

2) La verdad, la bondad y la belleza adicionan a nuestra noción de ente una relación de razón (que tampoco es nada real). Al sostener que la perfección del ente conviene a la inteligencia y a la voluntad, no afirmamos que el ente se ordene realmente a esas facultades, o que dependa de ellas; al contrario, son la inteligencia y la voluntad las que se ordenan a la verdad y al bien, y dependen de ellos en su actuarse. Por eso, la relación de esas facultades al ente en cuanto verdadero y bueno es real; pero la de la verdad y el bien no dependen de nuestro conocimiento ni de nuestro apetito, pues las cosas son verdaderas y buenas en la medida que tienen ser, no en cuanto son conocidas o apetecidas. De ahí que la verdad y el bien sean la medida de nuestra inteligencia y voluntad, mientras que no es cierto lo contrario.

3) Como ya vimos, tampoco la noción de res añade al ente algo real: res alude propiamente sólo al ente creado, designándolo en cuanto que éste tiene una esencia; y la esencia es un constitutivo que acompaña de modo necesario a cualquier realidad participada.

Por ser, en nuestro conocimiento, nociones distintas a la de ente, los trascendentales tienen para nosotros un valor notable: nos permiten entender mejor la riqueza del ser de las criaturas, que se manifiestan bajo facetas diversas; así alcanzamos un conocimiento y estima mucho mayores de la realidad que Dios ha creado e incluso del mismo Dios, Verdad, Bondad... subsistente. 

Conclusión:

Aunque el ente no tenga propiedades que sean realmente (extensionalmente) distintas de él, tiene propiedades que son conceptualmente (intensionalmente) distintas de él[10]. Estas propiedades (unidad, verdad...) son coextensionales con el ente porque todo ente es uno, verdadero, bueno.. y todo lo que sea uno, verdadero, bueno..es también ente. Es la coextensión de estas propiedades con el ente lo que las hace trascendentales, pues son comunes a las categorías en las cuales se divide el ente.

Sin embargo, estas propiedades no son cointensionales con el ente, porque el análisis conceptual de cualquiera de ellas no coincide con el del ente o con el análisis  de las otras propiedades. En suma, a pesar de que todo lo que es, es también uno, bueno y verdadero, el ser y el ser uno, el ser bueno y el ser verdadero no son lo mismo.

4. LA ANALOGÍA DEL ENTE Y DE SUS PROPIEDADES

Ya se ha visto que al ente le conviene una forma de predicación que la Lógica denomina predicación análoga. Como el estudio detallado de la analogía corresponde precisamente a la Lógica, aquí sólo trataremos de ver en qué sentido el ente y los demás trascendentales se predican análogamente de la realidad, y cómo esa analogía tiene por fundamento el acto de ser, del que los entes participan en diversos grados.

Un mismo término se predica análogamente de dos realidades cuando se atribuye a cada una de ellas de manera en parte igual y en parte diversa. Es lo que sucede con el ente, que se predica de todo cuanto es, pero no se refiere a todo de la misma forma. Como cualquier otra predicación, el fundamento último de la analogía está en las realidades mismas a las que el término análogo se refiere, que son en parte iguales y en parte diferentes. Por eso, si ente se atribuye a Dios y a las criaturas de modo análogo, es porque entre el Creador y lo creado se da cierta semejanza, unida a una no menos clara desemejanza: Dios y las criaturas son (semejanza); pero Dios es por esencia, mientras las criaturas sólo son por participación (desemejanza). También en el ámbito de los predicamentos, ente se atribuye de forma análoga a la sustancia y a los accidentes: ambos son, y por eso pueden llamarse entes (semejanza); pero mientras la sustancia es en sí misma, los accidentes siempre son en otro, es decir, en una sustancia (desemejanza).

El fundamento de la predicación análoga de ente es el acto de ser, pues algo puede llamarse ente en la misma medida en que tiene «esse». Este se posee por esencia o por participación, en sí o en la sustancia, en acto o en potencia... y siempre, en las criaturas, recibido de Dios, que es el Ser subsistente. Tal cual sea la relación de cada cosa al «esse», en esa misma medida puede calificarse como ente: más la sustancia, por ejemplo, que posee el ser en sí; y menos la cantidad, la cualidad, la relación y los accidentes restantes. La raíz metafísica de la analogía es así la participación del ser, que Dios posee por esencia y de modo pleno, y las criaturas de forma gradual y según composición (de potencia y acto, de sustancia y accidentes, etc.).

Esta analogía se aplica también a los demás trascendentales, que en realidad se identifican con el ente y tienen como base el acto de ser. La unidad, la verdad, la bondad, no se apropian de igual modo a Dios y a las criaturas, a los entes más perfectos y a los menos perfectos; sino que competen a todos de la misma forma que el ser: según grados. Dios es infinitamente Bueno, Verdadero y Uno, mientras que las criaturas poseen esas perfecciones de manera limitada. Y en el ámbito de lo creado, las sustancias espirituales gozan de mayor bondad y verdad, y tienen más unidad -son más simples- que las materiales. Todo esto se comprenderá mejor al estudiar cada uno de los trascendentales por separado.



[1] Bibliografía:

Alvira, T.,Clavell, L.; Melendo, T.,Metafísica, Eunsa, Pamplona, 1993; García López, J., Metafísica Tomista, Eunsa, Pamplona, 2001; Millan Puelles, A. Fundamentos de Filosofía, Rialp, Madrid, 1970; AA.VV., Concepciones de la metafísica, (J.E.Gracia, ed.) Trotta, Madrid, 1998, SANTO TOMÁS DE AQUINO, De veritate, q. 1, a. 1. K. BARTHLEIN, Die Transzendentalienlehre im der alten Ontologie, I: Die Transzendentalienlehre im Corpus Aristotelicum, de Gruyter, Berlín-N.York 1972. B. MONTAIGNES, La doctrine de l'analogie selon St. Thomas, Publ. Univ., Louvain 1963. G. SCHULEMANN, Die Lehre von den Transzendentalien in der scholastischen Philosophie, Meiner, Leipzig 1929.

 

[2] Tomás de Aquino, De veritate, q.1, a.1, c.

[3] Ibidem

[4] Ibidem.

[5] El término «trascendental» ha adquirido en los últimos siglos nuevos significados radicalmente distintos. Uno de los más importantes se lo dio KANT: «Llamo trascendental a todo conocimiento que se ocupa no tanto de los objetos como del modo de conocerlos, en cuanto este modo es posible a priori. El sistema de tales conceptos puede ser llamado filosofía trascendental» (Crítica de la razón pura, A 12/B 25).

 

[6] Tomás de Aquino, De Veritate, q.1, a.1, c.

[7] El carácter de algo no es incompatible con el ser sujeto de un cierto no-ser. el ente en cuanto ente es el sujeto de su no-ser el no-ente. Y cada ente determinado es también el sujeto de su no-ser ninguno de los otros. Pero ello no significa que los entes (y el ente en cuanto tal) consistan en su respectivo no-ser, sino precisamente que no consisten en lo que se les opone, y esto que se les opone no es en ningún caso un efectivo no-ser. Lo que se opone al ente como ente es un “no-ser”, que no es efectivo (la pura nada); y lo que como algo efectivo y real se opone a cada ente (a saber, los demás entes) no puede, como tal, ser un “no-ser”. (Millan Puelles)

[8] No se quiere decir con esto que Dios no tenga esencia. Se trata simplemente de que, en Dios, la esencia no es principio limitador del ser: la esencia y el ser divinos se identifican, la esencia de Dios es su ser (Cfr. S.th., 1, q.3, a.4, c.).

 

[9] Otro modo de entender la realidad es el propio de la filosofía idealista. Aquí la realidad se disuelve en identidad, es decir, en puro pensamiento. El idealismo tiende a poner de relieve las relaciones que enlazan realidad y actividad, entendiendo reductivamente la actividad como actividad del sujeto, que condiciona el presentarse de lo real como objeto. FICHTE, por ejemplo, sostiene que «toda realidad es activa y toda actividad es real»; y como el acto surge del Yo, «la fuente de todo lo real es el Yo» (Grundlage der gesamtem Wissenschaftlehre, 2ª. ed., Jena 1802, p. 62). En sentido análogo, HEGEL postula: «Todo lo racional es real y todo lo real es racional» (Grundlinien der Philosophie des Rechts, Berlín 1820, Prefacio).

 

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