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La metafísica según Zubiri

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 Qué es metafísica[1]

Delimitado de esta forma lo que es la metafísica occiden­tal respecto del Oriente asiático y del propio Oriente europeo, tenemos que explicar qué se entiende por el segundo voca­blo: «Metafísica» occidental.

Decía ya, a propósito del mundo indio, que hay que distin­guir entre las «ideas» que los indios tenían -que a nosotros nos parecen metafísicas- y un «concepto estricto y riguroso» de lo que es metafísica. Nuestras «ideas» son en buena medi­da griegas, pero nuestra «metafísica» es muy poco griega.

¿ Qué se entiende, pues, por «metafísica»?

1) Aunque esto parezca una exageración -lo voy a ex­plicar en seguida-, la Metafísica es materialmente idéntica a lo que entendemos por filosofía. E insisto en la palabra «materialmente». Puede decirse que la Metafísica es una parte de la filosofía, además de la Lógica, la Ética, la Filosofía de 1a naturaleza. Ciertamente; pero todo esto en definitiva es metafísica; la Lógica es la metafísica del conocimiento, como la Ética es la metafísica de la vida, como la Filosofía .de la naturaleza es la metafísica de la naturaleza. En este sentido, la Metafísica no es una «parte» de la filosofía, sino que es mate­rialmente idéntica a la filosofía misma. La «filosofía», su voca­blo y su concepto nacieron en el «círculo socrático» y quizá un poco antes en el mundo pitagórico, para designar aquella actitud de los hombres que buscaban la sabiduría suprema, esto es: la sabiduría última y radical de la vida y de las cosas. Esto define justamente lo que es la filosofía.

2) Pero la metafísica -lo que es metafísica- es algo más. Es dar un carácter preciso a aquello en que consiste la ul­timidad radical que busca la filosofía. Por eso, aunque hay identidad material entre la metafísica y la filosofía, sin embargo no hay identidad formal. Mejor dicho: si se quiere, la metafísica es la definición «real» de lo que es la filosofía tomada en térmi­nos generales. Metafísica es la definición formal de la filosofía.

3) Con tal, naturalmente, de que ahora expliquemos qué se entiende por la palabra «metafísica».

Metafísica, decía, es la definición real y efectiva de lo que es la filosofía; tendrá que enseñamos, pues, en qué consiste esa ultimidad radical a que apunta la filosofía. Ahora bien, la palabra metafísica tiene dos componentes: «metá» y «física».

A)Por lo que se refiere a la primera parte de la palabra, metá significa que la metafísica apunta a algo que está «allen­de». Busca una ultimidad radical en el sentido de estar allen­de. Y, si se quiere emplear un vocablo, que naturalmente no voy a justificar ahora porque lo vamos a utilizar en un sentido más o menos corriente, diremos que «metá» significa trans­cender, estar allende. Este allende es lo que busca la metafísi­ca en lo que tiene de «metá»; transcender. Entonces, hay obligación de decir en qué consiste este «allende».

En primer lugar, allende puede significar y significa lo si­guiente. Cuando el hombre se encuentra con las cosas y se dirige a ellas, las cosas en cierta manera le salen al paso: ahí están las cosas. Hay esta botella, este vaso, ahí estamos todos, etc. Estas son las cosas que están ahí. Es a ellas a las que espontáneamente se dirige uno, y son ellas las que le sa­len al encuentro. Ahora bien, salir al encuentro es lo que en latín se dice obviam ire: salen justamente al camino. Y preci­samente por esto las cosas, tomadas así, constituyen el domi­nio de lo «obvio». Obvio no es aquello que se entiende sin más, sino lo que uno se encuentra al paso cuando va hacia algo. Las cosas que le salen a uno al camino son las cosas obvias. Por consiguiente, explicar la palabra «allende» consiste en explicar lo «obvio», allende lo cual, por lo que hemos vis­to, se lanza la metafísica. ¿Qué se entiende por obvio? ¿Qué es esto obvio?

A) Orientados por lo que acabamos de decir, la res­puesta es relativamente clara: es obvio el elenco de cosas con las que el hombre se encuentra, y ir allende es ir a otras cosas que no son obvias, es decir, que no le salen al encuen­tro al hombre. No hace falta pensar para esto en grandes misterios transcendentes. Tomemos un electrón; nadie ha vis­to un electrón y, además, un electrón es por su propia natura­leza física -por lo menos hasta lo que sabemos de él- invisible; uno no se encuentra al electrón. Y, en este sentido, ir allende lo obvio significaría ir allende las cosas que el hombre encuentra y que le salen al paso en el contacto inmediato con la realidad, ir a otras cosas que no son obvias, es decir, que no se encuentran y que el hombre justamente las ha buscado, por ejemplo en la ciencia o en otras actividades humanas. En este sentido, allende tiene un significado preciso: es lo que es­tá ultra. Allende sería lo ultra-obvio, lo que va más allá de lo obvio, lo que va a cosas que no son obvias en este sentido. Este es un significado perfectamente aceptable.

B) Ahora bien, ¿es éste el sentido que define el «metá» de la metafísica? No. Porque hay un sentido mucho más hon­do. Hay cosas que no percibimos, no porque estén ultra, allende las cosas que inmediatamente encontramos, sino jus­tamente al revés: porque son algo que está en toda percep­ción y en toda cosa. No lo percibimos precisamente a fuerza de que esté inscrito constitutiva mente en lo obvio; no lo perci­bimos, no porque esté ultra, sino porque carece de esa míni­ma opacidad necesaria para que el hombre tope con ello. Esa carencia de opacidad es lo que expresa la palabra diáfano. Precisamente lo diáfano no es obvio, no porque no esté en las cosas, sino porque es demasiado obvio; tan obvio, que en su diafanidad misma no lo percibimos.

   Es preciso insistir aho­ra en este punto de vista: estar allende para la metafísica no significa ir a cosas que estén ultra, sino ir a lo diáfano, a aquello que por su diafanidad está inscrito en todo lo obvio que el hombre encuentra en sus actos elementales. En este sentido decimos -lo explicaré inmediatamente- que lo diáfa­no es «transcendental». Es lo transcendental, no en el sentido de que sea una cosa muy importante, pero sí en el sentido de que transciende en una o en otra forma a las cosas que son obvias, sin estar, sin embargo, fuera de las cosas obvias. La dificultad radical de la metafísica estriba justamente en eso: en ser la ciencia de lo diáfano; por consiguiente, en ejercitar esa difícil operación que es la visión violenta de lo diáfano. Es menester, pues, explicar: primero, qué se entiende por diafanidad; y segundo, en qué consiste la violencia de esa visión.

i) Diafanidad, por un lado, significa que es algo como un cristal a través del cual vemos el objeto que está al otro lado de lo diáfano. En este sentido, diáfano envuelve el mo­mento de «a través de», transparente.

Pero tiene un segundo momento; a través de no es sim­plemente que está a través, sino que en una o en otra forma, precisamente porque es diáfano, no sólo deja ver, sino que hace ver lo que está del otro lado. No se trata simplemente de una especie de transcurso sin obstáculos de un rayo de luz, sino de hacer efectivamente posible la visión de lo que es­tá del otro lado. Los cristales no sólo no impiden ver lo que está del otro lado, sino que, precisamente por su diafanidad, hacen ver lo que está del otro lado.

En un tercer momento, lo diáfano no sólo es aquello a través de lo cual se ve, no solamente es lo que nos hace ver, sino que en una o en otra forma es lo que constituye lo visto. Esto, que puede parecer una paradoja, es la verdad. Constitu­ye lo visto en el sentido de que lo diáfano es un momento mismo de las cosas. Si las cosas no fueran accesibles a la dia­fanidad y si lo diáfano no nos las pusiera justamente en vi­dencia, no habría posibilidad de verlas. Por eso, la idea de lo diáfano es enormemente compleja. En esa complejidad estri­ba una de las dificultades radicales de todo pensamiento me­tafísico. La metafísica es la ciencia de lo más diáfano y, sin embargo, es una investigación difícil. ¿Por qué?

Tomando las precisiones que acabo de indicar, la palabra diáfano tiene un primer sentido: diáfano parecería inmediata­mente lo que es «evidente». Alguien que hace la demostra­ción de un teorema de matemáticas que resulta ser muy sen­cilla, dirá que es diáfana, que es evidente.

Ahora bien, la evidencia no es la diafanidad. La diafani­dad está allende la evidencia, haciéndola posible. Evidencia es que las cosas nos hagan ver lo que son. Pero esto supone ya el momento de diafanidad. De ahí que la evidencia -vocablo inventado por Cicerón para traducir el griego enarhz re­mite a algo más fundamental, que está más cerca de lo diáfano. Pensaría uno, entonces, que la diafanidad consiste por lo menos en clarividencia como fuente de la evidencia.

Esto tampoco es completamente exacto. No es que no sea verdad que lo diáfano puede producir clarividencia y ser fuente de evidencias. Lo que no está dicho es que la metafísica sea algo clarividente, pues en efecto, no se trata de una clarividencia, no se trata de una visión clara, sino de algo mu­cho más difícil: de tener una visión de la claridad. No es la clarividencia, sino la videncia de la claridad. Esto es precisa­mente lo que constituye la dificultad de la metafísica: la viden­cia de la claridad misma. Es lo diáfano en este sentido algo constitutivo de las cosas; es la claridad misma que tienen las cosas. ¿En qué dimensión? Lo tenemos que averiguar.

De este momento de claridad decimos que es transcen­dental. Transcendental en dos dimensiones. En primer lugar, porque está allende las cosas obvias. No allende porque va a «otra cosa», sino precisamente porque es aquello que, estando, inmerso en las cosas y permitiendo verlas, precisa­mente por su diafanidad nos aparece como imperceptible. Es transcendental en esta dimensión, Pero hay una segunda di­mensión. Porque la diafanidad propia de una cosa no es dis­tinta de la diafanidad propia de otras. Y, por consiguiente, lo diáfano de una cosa a su modo envuelve todas las demás, Es transcendental en esta segunda dimensión. Tomadas a una, como transcendental dentro de cada cosa y como envolvente de toda ellas, lo diáfano es constitutiva y formalmente trans­cendental. Dia-janeia, diafanidad es justamente transcenden­talidad.

Pues bien, ir a lo diáfano es la marcha de la filosofía: es la marcha hacia lo transcendental, en el sentido referido. Y esto es la metafísica. Decía que la metafísica es la definición de la filosofía. Ahora decimos: la transcendentalidad es la definición de la metafísica. Son los tres conceptos de filosofía, metafísica y transcendentalidad; cada uno define el anterior y lo apresa con todo rigor.

ii) Esta visión de lo diáfano, esta visión de lo transcen­dental es enormemente violenta. Es la violencia de la claridad, la violencia de la percepción y de lo diáfano. Ahora bien, ¿de qué violencia se trata?

Aparece aquí -como sucederá muchas veces a lo largo de este libro- una cierta ambivalencia. Porque la dificultad de ir a lo diáfano está en parte en nosotros, que vamos más a las cosas que a lo diáfano; pero está también en las cosas mismas, en la medida en que todas ellas envuelven esta di­mensión de diafanidad. Ya Aristóteles nos decía que las difi­cultades del conocimiento están por una parte en las cosas y por otra parte en nosotros: «De la misma manera que se comportan los ojos del murciélago respecto a la luz del me­diodía, se comporta también el intelecto de nuestra alma res­pecto de las cosas que son las más visibles del mundo»[2].

 Aristóteles no dio a esto importancia decisiva porque escribe estas líneas y no nos dice nada más; en definitiva, se refería a las limitaciones que tiene la intelección humana, lo cual es absolutamente claro. Lo que no es tan claro, si echamos la vista dieciséis siglos más tarde, es lo que con este mismo texto de Aristóteles -y citado literalmente, como vamos a ver- ha pa­sado en manos de San Buenaventura y, en general, de todos los místicos.

Cita San Buenaventura el mismo texto traducido al latín: «De la misma manera que el ojo del murciélago se comporta respecto a la luz, así se comporta el ojo de nuestro entendi­miento respecto a lo más manifiesto de la naturaleza». Parecería, pues, que San Buenaventura no hace más que repetir lo que han dicho los griegos. Sí; pero la frase no termina ahí. San Buenaventura increpa a la razón: «Porque, habituados a las tinieblas de los entes y de las imágenes sensibles [a Aristó­teles nunca se le pasó por la cabeza llamar a esto fantasmas ni oscuridades], cuando ve la luz del propio Ser Supremo le parece que no ve nada no entendiendo que esta oscuridad es la iluminación suprema de nuestra mente»[3]. Es decir, aquí es­tá pensando San Buenaventura en otra cosa, está pensando en Dios y en su presencia en el mundo. Entonces, lo que nos quiere decir es justamente que la luz de Dios nos ofusca. Ahora bien, la ofuscación no es aquello en que consiste pri­maria y radicalmente la violencia de la visión de lo diáfano.

Como puede verse ejemplarmente, éste es uno de los casos en que unos mismos conceptos, colocados en otro con­texto, adquieren un sentido completamente distinto. Todos los místicos han abundado en esta idea de que efectivamente el hombre se encuentra ofuscado por aquello que es la máxi­ma luz de Dios, idea completamente extraña al pensamiento de Aristóteles, aunque se repita el texto aristotélico.

Así, las manifestissimae naturae, th jusei janerwtata pantwn de Aristóteles, se traducen en la luz del ser supremo, a la luz de Dios. Pues bien; la violencia de que hablamos no es ofusca­ción. Porque la metafísica no es formalmente una investiga­ción acerca de Dios.

Es una visión violenta, ciertamente. Pero ¿por qué? Por­que, en primer lugar, no es una cosa obvia, sino algo que está en todas las cosas. Y, en segundo lugar, la violencia consiste precisamente en tratar de ver la claridad, pero sin salimos de la claridad misma. Es una especie de retorsión sobre sí misma. Y ahí es donde está la dificultad. La metafísica no preten­de sacarnos de las cosas, sino retenernos en ellas para hacer­nos ver lo diáfano, que no es obvio porque no esté en las cosas, sino porque es lo más obvio de ellas. Pues bien, la me­tafísica como algo «metá», como algo que está allende lo ob­vio en el sentido que acabo de explicar, es el saber de lo diá­fano.

Nada más diáfano que la metafísica. Tanto que parecen perogrulladas en las que no vale la pena gastar el tiempo. Pero no vaya a resultar que esta presunta pérdida de tiempo sea la manera radical de reconquistarlo en su mayor intimi­dad y, en todo caso, de poseerlo intelectualmente en su ma­yor intimidad. La metafísica es radical y última visión de lo diáfano.

Esto que es diáfano podría pensarse, con razón, que es algo que está más o menos sobreentendido en todas ellas. Esto es verdad, pero no es suficiente. Está sobreentendido, no porque sea consabido, que es el sentido que tiene muchas ve­ces la palabra sobreentendido. No se trata de esto; no es so­breentendido en el sentido de consabido. Porque aquí lo so­breentendido es un momento de las cosas mismas; son ellas las que efectivamente tienen este momento intrínseco de dia­fanidad que les pertenece[4].

Pongamos un ejemplo. Aristóteles pensó que la metafísica iba a tratar acerca del ente (to on). Dejo de lado que la tra­ducción sea deficiente. Porque, en toda su generalidad, on es un participio neutro del verbo einai, del verbo «ser» y signifi­ca simplemente «que es», no en sustantivo, ente, sino sim­plemente «que es». Y el «que es» se entiende en muchos sen­tidos, como veremos más adelante. Rigurosamente hablando, pues, to on  no es el ente, sino simplemente el «que es». Y en un sentido muy natural uno puede pensar que efectivamente lo diáfano de las cosas es «que son»; por consiguiente, que eso que todas las cosas son, a saber, «que son» es lo que constituye la dificultad suprema de la metafísica. Esta palabra fue traducida al latín por la palabra ens, ente. Una palabra que no existe en latín corriente porque el verbo ser, el verbo esse en latín no tiene un participio presente, por lo menos en esta forma ens. El verbo esse no tiene participio presente y, si lo tuviera, habría que decir essens. Y efectivamente, no en la forma essens, pero sí en la forma sens está en los compues­tos del verbo ser y se conserva en español: ausente (ab-sens), presente (prae-sens), etc. Con una formación lingüística distin­ta, con «o», aparece en un viejísimo vocablo jurídico en Roma la palabra sonticus. Por ejemplo, "causa sontica» es una ra­zón o una excusa que es válida, es decir, que es verdadera. Y, efectivamente, con esta raíz, -*es ha pasado a significar la pa­labra "verdad», por ejemplo en el indo-iranio sátya[5] l. He ahí, pues, un ejemplo de lo que se puede entender por diafani­dad. Es algo que está precisamente en todas las cosas y que, si no percibimos o no nos ponemos a pensar en este momen­to de que las cosas son, es porque es tan diáfano que lo úni­co en que pensamos es en aquello que las cosas son. No es, bien entendido, más que un ejemplo y, como veremos más adelante, un ejemplo traidor.

He ahí, pues, más o menos lo que es la metafísica por lo que tiene de "metá», por lo que tiene de transcendental. Aho­ra debemos decir lo que significa la segunda parte del voca­blo, debemos decir qué es «físico».

C) Dejo de lado las disquisiciones históricas. No todo lo que es diáfano es objeto de la metafísica. ¿Por qué? Porque la metafísica trata de una diafanidad «última". ¿En qué con­siste la ultimidad de esa diafanidad? Esta es la cuestión. Di­cho ahora un poco dogmáticamente, consiste en estar allende las cosas «tales como son". El tales como son es el término que traduce -en su momento justificaré no la traducción, pero sí el concepto- la palabra «físico»: «las cosas tales como son». Y, respecto de tales cosas como son, lo diáfano, en el ejemplo anterior, es el «que son». El «que sean» es justamen­te aquello que constituye la metafísica. La ultimidad de las cosas constituiría la ultimidad en el orden del ser allende toda talidad. Naturalmente puede uno preguntarse: si se elimina de su consideración todo lo que las cosas como tales son, ¿qué queda?, pues parece que no queda nada. Precisamente esa es la dificultad de la metafísica: parece que no queda nada preci­samente porque lo que queda es diáfano. El hacer que no desaparezca es la violencia en que constitutivamente consiste la metafísica.

La metafísica es un transcender: ir allende las cosas tales como son, a lo diáfano, sin lo cual no se podría empezar a hablar siquiera de las cosas tales como son. ¿Qué es esta últi­ma diafanidad? Sólo he puesto un ejemplo. Contestar a esta pregunta con más amplitud es precisamente uno de los temas que tenemos que tratar en este curso.

A ello apunta el otro vocablo: fundamental. ¿Qué se entiende por lo fundamental de la metafísica?

 

 

 



[1] Tomado de Zubiri, X., Los problemas fundamentales de la metafísica occidental, Alianza, Madrid ,1994. pp. 16-26

[2] Met a 993 b 9-11

[3] Itinerarium mentis in Deum, cap.V, n° 4

[4] Nota de Zubiri :«Aclarar estos conceptos".

[5] Cf. X. Zubiri, Naturaleza, Historia, Dios. 9 ed. (Madrid, Alianza/Funda­ción X. Zubiri, 1987), pp. 38-39.  

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Comentarios La metafísica según Zubiri

muy bueno me gusto
kevin martinez kevin martinez 08/09/2013 a las 18:17

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