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La estructura de acto y potencia en el ente

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Una vez estudiada la diversidad de modos de ser que presentan las cosas, corresponde ahora tratar de dos aspectos de la realidad, el acto y la potencia, que se encuentran en todos los predicamentos y que permiten conocer de un modo más profundo la estructura de los entes. Se trata de un tema metafísico central, que Santo Tomás recoge de Aristóteles, dándole una perspectiva más amplia, y que tiene mucha importancia para una recta interpretación del mundo y para el ascenso metafísico a Dios.

1. NOCIONES DE ACTO Y POTENCIA

La primera determinación del acto y la potencia surge del análisis del movimiento. Parménides, con su rígida concepción del ser, único e inmutable, no pudo explicar la realidad del cambio, relegándola al ámbito de la apariencia: el ser es y el no-ser no es; en consecuencia, es imposible el tránsito de uno a otro[1]. Con más realismo, Aristóteles entendió que el cambio no es una novedad absoluta, un paso del no-ser al ser, sino el devenir de un sujeto desde un estado a otro, como por ejemplo el agua que pasa de fría a caliente. A través del cambio las cosas adquieren perfecciones que antes no poseían. Sin embargo, se requiere que el sujeto sea capaz de tener esa cualidad que alcanza con el movimiento. Los ejemplos aristotélicos son claros: ni un animal ni un niño pequeño saben resolver problemas matemáticos, pero el animal nunca podrá hacerlo, mientras el niño puede aprender; un trozo de madera informe no es todavía estatua, pero tiene capacidad de llegar a convertirse en una talla en manos del artista, mientras el agua o el aire no tienen esa posibilidad.

La capacidad de tener una perfección recibe el nombre de potencia. No es la mera privación de algo que se adquirirá, sino una capacidad real que hay en el sujeto para unas determinadas perfecciones. Este tipo de realidad, que rompe la visión homogénea del ser de Parménides, constituye una aportación decisiva que Aristóteles introdujo en la metafísica al intentar comprender la realidad del movimiento.

A la potencia se contrapone el acto, que es la perfección que un sujeto posee. Ejemplos de acto son la figura tallada en la madera, el calor del agua, la ciencia poseída, etc. De este modo, el movimiento se explica como la actualización de la potencia, el tránsito de ser algo en potencia a serlo en acto: por ejemplo, el árbol existe en potencia en la semilla, pero sólo mediante el crecimiento llegará a ser árbol en acto.

Aristóteles entiende el acto y la potencia bajo dos aspectos: uno físico, ligado al movimiento, y el otro metafísico. En el primer caso habla del acto y potencia como elementos que explican el movimiento. En este nivel aparece una contradicción radical entre ser en acto y ser en potencia. Por ejemplo, ser estatua en acto y a la vez serlo en potencia se excluyen. En el segundo caso, el acto y la potencia son principios constitutivos y estables de todas las cosas; así, las sustancias corpóreas están compuestas de materia prima (potencia) y forma sustancial (acto). En esta consideración metafísica se advierte que la potencia, una vez actualizada por la forma, sigue presente en el compuesto.

El acto

Acto es, en general, cualquier perfección de un sujeto: el color de una cosa, las cualidades de una sustancia, la misma perfección sustancial de un ente, las operaciones de entender, querer, sentir, etc.

Se trata de una noción primera y evidente, que por tanto no se puede definir, sino sólo mostrar con ejemplos y por contraposición a la potencia. Aristóteles, hablando del acto, se expresaba así: «Lo que queremos decir queda claro por inducción de los casos particulares: ciertamente, no es necesario buscar la definición de todo, sino que basta contentarse con comprender intuitivamente ciertas cosas mediante la analogía. Y el acto se relaciona con la potencia como, por ejemplo, quien construye con aquél que puede construir, quien está despierto con aquél que duerme, quien ve respecto a aquél que teniendo la vista tiene los ojos cerrados, y lo que procede de la materia a la materia misma y lo que es elaborado a aquello que no lo está. Al primer miembro de estas diferentes relaciones se le atribuye la calificación de acto, y al segundo la de potencia»[2].

La potencia

También ésta es una noción directamente conocida en la experiencia, como lo correlativo del acto. La referencia a éste resulta imprescindible, porque es constitutivo de la potencia su orden a algún tipo de acto: la vista es potencia de ver, la movilidad es capacidad de estar en movimiento, y estas potencias se conocen por sus actos respectivos.

La potencia es lo que puede recibir un acto, o lo tiene ya. Podemos desglosar algunas características implicadas en esta descripción:

a) La potencia es distinta del acto. Esto se advierte con claridad cuando el acto es separable de la potencia correspondiente: la vista, por ejemplo, se encuentra a veces en acto de ver, y otras no; un animal tiene capacidad de estar en movimiento tanto cuando reposa, como en los momentos en que de hecho se mueve. Sin embargo, la distinción entre acto y potencia no se reduce a esa distinción de carácter temporal: un vaso vacío, por ejemplo, tiene capacidad de contener un líquido, y cuando de hecho lo contiene, esa potencia no, desaparece, sino que se encuentra colmada; la vista, mientras ve, no pierde su capacidad visiva, que, por el contrario, se halla perfeccionada por su acto. La potencia, por tanto, esté actualizada o no, siempre es potencia y lo que propiamente la caracteriza es ser capacidad de tener un acto, ser sujeto receptivo.

b) El acto y la potencia no son realidades completas, sino aspectos o principios que se encuentran en las cosas. Sin embargo, como el objeto proporcionado a nuestro entendimiento es el ente completo, existe cierta dificultad para hablar de sus principios metafísicos, que nunca existen de manera aislada, ni son partes en sentido material. Por eso, aun entendiendo que el acto y la potencia son realidades distintas, no podemos representarlas con la imaginación, que tiende a concebir la potencia como una realidad ya constituida pero vacía, en espera de recibir su acto.

e) La potencia se contrapone al acto como lo imperfecto a lo perfecto. En sentido estricto, el acto es perfección, acabamiento, algo determinado; la potencia, al contrario, es imperfección, capacidad determinable. La figura de una estatua, por ejemplo, es una cualidad positiva del mármol, una determinación, un acto; mientras que un bloque informe, en la medida en que está privado de esa figura, es imperfecto e indeterminado. En este sentido, hay una oposición neta entre el acto y la potencia; esta última es precisamente «algo que no es acto». Así, el que simplemente tiene potencia de saber, pero no la actualiza, no sabe; y el trozo de mármol, mientras no ha sido esculpido, no es estatua. Esta contraposición muestra con claridad que la potencia no es un acto en estado germinal o implícito.

d) Sin embargo, la potencia no se reduce a una simple privación de acto, sino que es una capacidad real de perfección, pues una piedra, por ejemplo, no ve, pero tampoco es capaz de este acto, mientras que algunos animales recién nacidos, aunque todavía no vean, tienen capacidad de llegar a ver.

2. CLASES DE ACTO Y POTENCIA

Existe una gran diversidad de tipos de acto y potencia. Los ejemplos utilizados constituyen ya una prueba de ello. Tanto la materia prima como la sustancia, por ejemplo, son potencia, pero de modo distinto, pues la sustancia es un sujeto ya constituido en acto que recibe unos ulteriores actos accidentales, mientras la materia es un sustrato indeterminado al que adviene la forma sustancial como primer acto. Asimismo, hemos citado actos muy diversos: los accidentes, la forma sustancial, el acto de ser, o el movimiento, que es acto todavía imperfecto en comparación con su término, que es acto en sentido más pleno.

Dentro de esta variedad, cabe hacer una división básica del acto y la potencia:

a) La potencia pasiva o capacidad de recibir, a la que corresponde el acto primero (también llamado entitativo o quiescente).

b) La potencia activa o capacidad de obrar, cuyo acto se denomina acto segundo, acción u operación.

Potencia pasiva y acto primero

La razón metafísica de potencia como capacidad de recibir un acto corresponde propiamente a la potencia pasiva. Sin embargo, no es una realidad homogénea, sino que se encuentra realizada a diversos niveles.

Podemos señalar tres tipos fundamentales de potencia pasiva y sus actos correspondientes:

a) Materia prima-forma sustancial En las sustancias corpóreas hay un sustrato último, la materia prima, en la que se recibe la forma sustancial. Esta forma determina a la materia para constituir un tipo u otro de sustancia corpórea: hierro, agua, oxígeno, etcétera.

La materia prima constituye el sustrato potencial último, pues de suyo es pura potencia, mero sujeto receptivo, carente por sí misma de cualquier actualidad. La forma sustancial es el primer acto que adviene a la materia.

b) Sustancia-accidentes. Todas las sustancias son sujeto de perfecciones accidentales: cualidades, cantidad, relaciones, etc. Al contrario de la materia prima, la sustancia es ya un sujeto constituido en acto por la forma, pero ella misma es potencia en relación a los accidentes.

c) Esencia-acto de ser. A su vez, la forma, recibida o no en una materia, no es más que una determinada medida de participación del acto de ser: así, las esencias «hombre», «perro», «pino», «uranio», son distintos modos de participar en el ser. Con respecto al acto de ser, todos los demás principios del ente son potencia receptiva y limitadora: tanto el compuesto de materia y forma o las formas separadas, como también los accidentes, que participan del ser por su unión con la sustancia. 

Aunque se verá más adelante, notemos que, en los entes corpóreos, la forma es acto con respecto a la materia, y potencia en relación al ser; la materia es doblemente potencia, primero en comparación a la forma y, mediante ella, al acto de ser.

Potencia activa y acto segundo

Además de la potencia pasiva, existe otra, que es capacidad de producir o dar una perfección y que a veces se llama también poder. El sentido que suele tener la palabra «potencia» en el lenguaje corriente es precisamente éste de potencia activa: así, hablamos de la potencia de un motor, de una planta de energía nuclear, de un boxeador, etc.

El acto correspondiente a esta potencia es el obrar, la actividad, que es el significado más habitual del término acto. En metafísica se llama acto segundo, en cuanto las operaciones proceden de un sujeto en virtud de un acto primero, estable y más interno.

La potencia activa tiene más bien carácter de acto, porque cualquier cosa obra en cuanto es en acto y, en cambio, padece en cuanto está en potencia. Para comunicar o producir una perfección, antes hay que tenerla, pues nadie da lo que no tiene: sólo da luz, por ejemplo, algo que tenga energía eléctrica, y calor, lo que está caliente.

Sin embargo, en las criaturas la capacidad activa tiene algo de pasividad, y por eso se la llama y es potencia (activa) y no simplemente acto. Las potencias se relacionan con su operación como lo imperfecto respecto a su perfección correspondiente: así, estar en potencia de entender es menos perfecto que entender en acto. Las facultades operativas no siempre están en acto, sino sólo a veces; y esto muestra con claridad que son realmente distintas de sus operaciones: la voluntad, por ejemplo, no es el acto mismo de querer, sino la capacidad de realizar esa operación libre. Además, las potencias activas tienen pasividad en cuanto para pasar a la operación requieren el influjo de algo externo que las pone en condiciones de obrar: así, la inteligencia necesita de un objeto inteligible y del impulso de la voluntad; las facultades motoras de un animal suponen la aprehensión de un bien sensible y la moción del instinto o estimativa. Ninguna potencia activa creada se pone en acto por sí sola, sin la intervención de algo ajeno a ella, si bien no es activa y pasiva con respecto a lo mismo.

En Dios cabe hablar de Potencia activa (Omnipotencia), en cuanto es principio del ser de todas las cosas; pero como esa acción divina no comporta pasividad alguna ni, por tanto, paso de la potencia al acto, propiamente no es potencia, sino Acto Puro.

Las operaciones y sus correspondientes potencias activas son accidentes. Ninguna sustancia creada se identifica con su operación, sino que sólo es su causa; por ejemplo, el alma humana es principio de actividad espiritual, pero no esa actividad misma: las operaciones se derivan de la perfección interna de la sustancia.

En concreto, las potencias activas o facultades son accidentes que pertenecen al género de la cualidad. A su vez, la operación es también un accidente: si es una acción transitiva, que termina en un efecto externo (construir una casa, trabajar el campo, cortar madera), pertenece al predicamento acción; en el caso de la actividad inmanente, que recibe el nombre específico de «operación» (pensar, ver, imaginar, querer), se encuadra dentro de las cualidades.

3. LA PRIORIDAD DEL ACTO

Después de examinar la naturaleza y las clases de acto y potencia podemos considerar los aspectos según los cuales al acto le corresponde la primacía:

a) Prioridad de perfección. El acto goza de prioridad sobre la potencia en cuanto a su perfección. Como hemos visto, el acto es lo perfecto, y la potencia lo imperfecto: «Cada cosa es perfecta en cuanto es en acto, e imperfecta en cuanto es en potencia»[3]. De ahí que la potencia esté subordinada al acto, que constituye como su fin: por ejemplo, una determinada habilidad se ordena a su ejercicio y de lo contrario quedaría frustrada; en el hombre, el cuerpo es el sujeto potencial que recibe al alma como su acto propio, y está subordinado a ella.

b) Prioridad cognoscitiva. El acto es también anterior a la potencia en el orden del conocimiento. Toda potencia se conoce por su acto, ya que ella no es más que capacidad de recibir, tener o producir una perfección. Por eso, en la definición de cada potencia entra su acto propio, que es el que la distingue de las otras potencias: así, el oído se define como la potencia de captar los sonidos, la voluntad como la facultad de querer el bien. Esta prioridad en el conocimiento se basa en la naturaleza misma de la potencia, que no es otra cosa sino capacidad de un acto.

c) Prioridad causal El acto tiene primacía causal sobre la potencia. Nada obra sino en cuanto está en acto; por el contrario, algo padece en cuanto está en potencia. En efecto, padecer o ser sujeto pasivo de la acción de otro es precisamente recibir un acto, para el que se tiene potencia; en cambio, obrar es ejercer un influjo real en otro, cosa que sólo puede hacerse si se posee en acto la perfección que se quiere comunicar. Por ejemplo, sólo lo que está caliente puede elevar la temperatura de lo que rodea, y una lámpara no ilumina más que cuando está encendida. Por tanto, lo que está en potencia no pasa al acto más que gracias a otra cosa en acto.

d) Prioridad temporal En un mismo sujeto, la potencia posee cierta anterioridad temporal en relación al acto, pues una cosa, antes de adquirir una determinada perfección, se encuentra en potencia con respecto a ella. No obstante, esa potencia remite a una causa agente anterior en acto que la actualiza. Por ejemplo, un árbol, antes de alcanzar su desarrollo pleno, tenía potencia de esa perfección, ya cuando era semilla; sin embargo, ésta es necesariamente fruto de un árbol anterior. Esta primacía temporal del acto sobre la potencia se funda en la prioridad causal.

Por esta razón Aristóteles, al analizar el movimiento en la naturaleza, vio con claridad que todas las cosas que pasan de la potencia al acto requieren una causa anterior en acto; y que, por tanto, en la cumbre de toda la realidad existe un Acto Puro, sin mezcla de potencia, que mueve todo lo demás. Esta es, en síntesis, la prueba de la existencia de Dios que Santo Tomás recoge en la primera vía, y que se presenta de modo bastante inmediato al observar la composición de acto y potencia en todas las cosas que se mueven.

A modo de conclusión cabe decir que el acto «es» en sentido principal y propio, y la potencia, sólo de manera secundaria. Se afirma que algo es, en cuanto es en acto y no según se halla en potencia: la estatua es cuando la figura está ya labrada, no cuando hay simplemente un trozo de madera o de metal informe; o expresándolo en términos que prescindan del origen de la escultura: la estatua es estatua en virtud de su forma, y no de la potencia en que está recibida, por la cual podría ser otras cosas (un armario, una mesa, etc.).

Ente en sentido propio es el ente en acto; la potencia, en cambio, sólo es real por relación al acto. En la medida en que está en potencia, un ente no es, sino que puede ser; ciertamente, ese poder ser es algo, pero únicamente en cuanto vinculado de algún modo a una perfección actual. Así pues, tanto el acto como la potencia participan de la razón de ente, pero de modo análogico y según un orden (secundum prius et posterius). Directamente tiene el ser lo que es en acto; de forma indirecta, en orden al acto, es real también la potencialidad de las cosas[4].

4. LA RELACIÓN ENTRE ACTO Y POTENCIA EN CUANTO PRINCIPIOS CONSTITUTIVOS DE LOS ENTES

Al hablar de potencia pasiva y acto primero, hemos visto que el acto y la potencia se nos presentan como principios metafísicos constitutivos de toda la realidad creada. La finitud del ente, surcada por múltiples composiciones (sustancia-accidentes, materia-forma, esencia-ser, etc.), se resuelve siempre en uno de los muchos modos en que se articula la realidad análoga del acto y la potencia.

Se trata de dos principios mutuamente ordenados que se unen para constituir las cosas. La potencia nunca puede subsistir sola, sino que siempre forma parte de un ente que ya es algo en acto (la materia prima, aunque sea potencia pura, siempre se encuentra actualizada por alguna forma sustancial). También el acto, en el ámbito de lo finito, sólo se da unido a una potencia. Unicamente Dios es Acto Puro sin mezcla de potencia alguna.

Consideremos ahora más detenidamente algunos aspectos de la relación entre estos dos coprincipios:

a) La potencia es el sujeto en que se recibe el acto. La experiencia nos muestra que todos los actos y perfecciones se dan en la realidad recibidos en un sujeto capaz de ellos. No encontramos nunca actos o perfecciones que subsistan separados. Así, por ejemplo, lo que existe son hombres justos, imágenes bellas, papeles blancos, pero no la justicia, la belleza, la blancura. Estas últimas son nociones universales abstraídas de la realidad. El sujeto capaz de poseer esas perfecciones coincide precisamente con lo que es la potencia. Al examinar las distintas clases de acto y potencia hemos visto cómo cada tipo de acto se asentaba en un sujeto potencial: la materia prima es sujeto de la forma, la sustancia de los accidentes, etc.

b) El acto es limitado por la potencia que lo recibe. De modo natural observamos que todo acto o perfección que se recibe en un sujeto, queda limitado por la capacidad del recipiente. Así, por abundante que sea un manantial, un vaso sólo puede contener la cantidad de agua equivalente a su volumen; del mismo modo, el color blanco de un papel queda coartado a las dimensiones de éste; cada hombre adquiere la ciencia según la medida señalada por su propia capacidad intelectual, etc.

El acto no se limita por sí mismo, pues de suyo es sólo perfección y en cuanto acto no comporta imperfección alguna. Si es imperfecto, lo es a causa de algo distinto que le está unido y lo limita. Esto se concluye de las mismas nociones de acto y potencia: un acto limitado por sí mismo sería una perfección que es imperfecta en virtud de aquello mismo por lo que es perfección; lo cual es contradictorio[5]. Por ejemplo, si alguien es sabio de modo limitado, no es a causa de la sabiduría misma -ésta de suyo no es otra cosa más que sabiduría-, sino por defecto del sujeto.

c) El acto se multiplica por la potencia. Esto significa que un mismo acto se puede dar en muchos merced a los sujetos que lo reciben; así, la perfección específica «águila» se encuentra en muchos individuos por asentarse en una potencia: la materia prima; la blancura está multiplicada en cuanto hay un gran número de objetos dotados de ese mismo color; el cuño de una moneda se puede repetir indefinidamente mientras se disponga de material en el que grabarlo.

Este aspecto va íntimamente ligado al de la limitación. Del mismo modo que el acto no se limita por sí mismo, tampoco se multiplica sino por la potencia receptora. Si la blancura existiese separada, sin inherir en un sujeto, sería única y englobaría en sí toda la perfección del color blanco. Esto sucede en la realidad de modo pleno sólo con el acto de ser: hay un Ser subsistente -Dios- que no inhiere en ningún sujeto y que, por tanto, es único. Como veremos más adelante, también en el caso de los ángeles ocurre algo análogo: tratándose de formas puras no recibidas en materia, no se multiplican.

d) Acto y potencia se relacionan como lo participado y el participante. Las relaciones entre acto y potencia se entienden también en términos de participación. Participar es tener algo en parte, de modo parcial. Esto supone que hay otros sujetos que poseen también aquella misma perfección sin que ninguno de ellos la posea plenamente (por ejemplo, todas las cosas blancas participan del color blanco). Además el sujeto no se identifica con aquello que tiene, sino que simplemente lo posee como algo recibido: es aquello por participación (por ejemplo, Pedro no es pura animalidad, pero participa de la animalidad).

Lo opuesto a tener por participación es ser algo o tenerlo «por esencia», es decir, de modo pleno, exclusivo, e identificándose con aquello (por ejemplo, un ángel no participa de su especie, sino que la es, por esencia; Dios es el Ser por esencia).

La relación entre acto y potencia es de participación; en cambio, un acto puro es un acto por esencia. En efecto, el sujeto capaz de recibir la perfección es el participante, y el acto es lo participado; así, todo lo que es por participación «se compone de participante y participado, y el participante es potencia respecto a lo participado»[6].

Con respecto al acto de ser, cualquier perfección o realidad tiene carácter de participante: «así como este hombre participa de la naturaleza humana, del mismo modo, cualquier ente creado participa de la propiedad del ser, pues sólo Dios es su ser»[7]. Este tema se tratará más despacio al estudiar la composición de materia y forma en los entes corpóreos, y de esencia y acto de ser en todas las criaturas.

e) La composición de acto y potencia no destruye la unidad sustancial del ente. Varias realidades ya constituidas en acto no forman un único ente; por ejemplo, el jinete y su caballo, o varias piedras juntas. Sin embargo, el acto y la potencia no son cosas o entes terminados, sino principios que concurren en la constitución de un mismo ente. Y como la potencia es por su naturaleza capacidad de acto, al que está esencialmente ordenada y sin el cual no sería, se entiende que de su unión con él no surja una dualidad de entes; así, la materia prima informada por un principio vital da lugar a un único ser vivo.

Algunos filósofos (Escoto, Suárez, Descartes) han entendido mal esta composición, porque concebían la potencia como una realidad que tendría ya un acto en sí misma, comprometiendo así la unidad del ente.

5. POTENCIA Y POSIBILIDAD

Intimamente unido a la potencia se encuentra el tema de lo posible. Posible es aquello que puede ser, es decir, la posibilidad se reduce a la potencialidad de las cosas. En el ámbito creado, algo es posible, de modo relativo, en virtud de una potencia pasiva (una pared puede estar pintada, porque tiene la capacidad real para recibir el color), que remite a su vez a una potencia activa correspondiente (la facultad del hombre de colorear esa pared).

Además, se puede hablar de posible en sentido absoluto: de esta manera es posible todo aquello que no es contradictorio[8]. Esta posibilidad tiene como fundamento último la potencia activa de Dios, que por ser Omnipotente puede producir cualquier participación de ser -es decir, todo lo que en sí mismo no implica contradicción- sin necesidad de una potencia pasiva previa. Los posibles en sí mismos no son nada, sino sólo en Dios, que los concibe por su Sabiduría, y puede producirlos por su Omnipotencia. Así, el mundo, antes de existir, era posible, no por una potencia pasiva anterior, que no sería nada, sino sólo por la potencia activa de Dios.

Las corrientes de la filosofía racionalista han concebido los entes como esencias que primero se encontrarían en estado de posibilidad (en cuanto no contradictorias en sí mismas), y luego se realizarían como existentes. De este modo, lo posible gozaría ya de una entidad en sí mismo. Este error elimina la distinción real entre acto y potencia en las criaturas, ya que la potencia se entendería como mera posibilidad (no como un principio real de las cosas) y el acto como su realización, como el «estado» de realidad de lo posible. Por otra parte, la posibilidad es entendida por el racionalismo en el sentido de pensabilidad. La importancia enorme que se concede a las posibilidades como contrapuestas a las realidades efectivas, no es más que un reflejo del valor que se otorga al pensamiento humano, al que correspondería «proyectar» lo posible.

6. ALCANCE DE LA DOCTRINA DEL ACTO Y POTENCIA

Acto y potencia aparecen en primer lugar como principios que explican el movimiento. Posteriormente se advierte que son también constitutivos estables de las mismas sustancias (materia- forma, sustancia-accidentes).

Trascendiendo el ámbito de lo móvil y corpóreo, el acto y la potencia se instalan también en el mundo del espíritu: ninguna criatura escapa a esta composición, que es precisamente la que discrimina de modo radical lo creado del Creador, lo finito del Infinito. Sin embargo, la contraposición entre el Acto puro y los entes compuestos de potencia y acto no debe entenderse de tal modo que resulte imposible el ascenso desde las criaturas a Dios. Al contrario, justamente porque los entes creados tienen acto, y en la misma medida en que lo tienen, se revelan como un reflejo de la actualidad infinita de su Causa Primera.

Acto y potencia es la dualidad constante que se manifiesta en el estudio de cualquier ámbito del ser finito, y remite siempre, por la primacía del acto, a la subsistencia del Acto Puro de ser, que es Dios. No extraña entonces que la doctrina de las relaciones entre acto y potencia ocupe un lugar tan relevante en la metafísica de Santo Tomás, quien a lo largo de sus obras la presenta en un sinfín de formulaciones, cada vez más perfectas y unitarias.

BIBLIOGRAFIA

ARISTÓTELES, Met., IX; XI, c.9. SANTO TOMAS, In IX metaph., lect. 7. A. FARGES, Theorie fondamentale de l'acte et de la puissance du moteur et du mobile, Paris 1893. E. BERTI, Genesi e sviluppo della dottrina della potenza e dell'atto in Aristotele, en «Studia Patavina» 5 (1958), pp. 477-505. C. GIACON, Atto e potenza, La Scuola, Brescia 1947. J. STALLMACH, Dynamis und Energeia, Anton Hain, Meisenheim am Glan 1959. G. MATTIUS- si, Le XXI V tesi della filosofía di S. Tommaso di Aquino, 2,1 ed., Roma 1947. N. MAURICE-DENIS, L’étre en puissance d’aprés Aristote et S. T. d’Aquin, 1922.


[1]  «El ser es ingénito e imperecedero, pues es completo, imperturbable y sin fin. No ha sido ni será en cierto momento, pues es ahora todo a la vez, uno, continuo. Pues, ¿qué nacimiento le buscarías? ¿Cómo, de dónde habría nacido? Ni del no-ser permitiré que digas o pienses, pues ni expresable ni concebible es el no-ser (... ) ¿Cómo podría perecer entonces el ser? ¿Cómo podría nacer? Pues si ha nacido no es, ni si ha de ser alguna vez. Por tanto, queda extinguido el nacimiento e ignorada la destrucción» (PARMÉNIDES, Sobre la naturaleza, Fr. 8, vv. 3-2 1; Diels- Kranz, 28 B 8).

[2] ARISTÓTELES, Metafísica, IX, 6,1048 a 35- b 4.

[3] TOMÁS DE AQUINO, Summa contra gentiles, I, 28.

[4] Tal como se ha expuesto, la prioridad del acto no anula la realidad de la potencia. Buena parte de los sistemas de la filosofía moderna prescinde de la potencia entendida como realidad, reduciéndola a mera posibilidad; y la posibilidad, a su vez, adquiere un carácter de fundamento. Así, por ejemplo, la metafísica racionalista contempla la realidad desde la posibilidad (cfr. DESCARTES, Regulae ad directionem ingenii, edic. Adam Tannery, X, pp. 426-427; LEIBNIZ, Meditationes de cogitatione vetitate et ideis (1684), Opera Omnia, ed. Erdman, p. 80) 

[5]  En este punto decisivo se separa de la doctrina tomista la metafísica de SUAREZ, que admite que el acto puede ser limitado por sí mismo: para ello, afirma, bastaría que Dios constituyera un acto finito, de este o aquel grado. De este modo, la finitud de las criaturas no tendría en ellas mismas un principio de limitación, sino sólo en su causa eficiente. Por el contrario, SANTO TOMAS afirma que «ningún acto se encuentra limitado sino por la potencia, que es capacidad receptivas (Compendium theologiae, C. 18).

[6] TOMÁS DE  AQUINO, In VII Physicorum, lect. 21

[7]  Idem, Summa Theologiae, I, q.45, a.5, ad 1.

[8]  Esta posibilidad ha sido llamada también Potencia lógica u objetiva, por contraposición a la potencia real. Pero, como se explica en el texto a continuación, la posibilidad se reconduce a la potencia activa de Dios.

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